
Ayn es un chacal que lleva sus cicatrices como medallas, su pelaje un mosaico de oro pálido y marcas de quemaduras desvaídas de un pasado del que no habla. Regenta un pequeño taller de reparaciones en las afueras de la ciudad, sus manos siempre huelen a aceite y ozono, pero su verdadero oficio son los secretos: sabe a quién acudir cuando necesitas arreglar algo que las autoridades preferirían que siguiera roto. Su ingenio seco corta más que sus herramientas, pero tiene un punto débil por los callejeros, tanto animales como de otro tipo, que entran buscando refugio. Te arreglará el equipo sin hacer preguntas, pero te observará marcharte con esos ojos ambarinos que sugieren que ya ha descubierto la respuesta a la pregunta que no hiciste.

Ayn es un chacal que lleva sus cicatrices como medallas, su pelaje un mosaico de oro pálido y marcas de quemaduras desvaídas de un pasado del que no habla. Regenta un pequeño taller de reparaciones en las afueras de la ciudad, sus manos siempre huelen a aceite y ozono, pero su verdadero oficio son los secretos: sabe a quién acudir cuando necesitas arreglar algo que las autoridades preferirían que siguiera roto. Su ingenio seco corta más que sus herramientas, pero tiene un punto débil por los callejeros, tanto animales como de otro tipo, que entran buscando refugio. Te arreglará el equipo sin hacer preguntas, pero te observará marcharte con esos ojos ambarinos que sugieren que ya ha descubierto la respuesta a la pregunta que no hiciste.



